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jueves, 26 de diciembre de 2013

Los vicios de Bernarda Emilia.

En el fragor de su modesta  morada, Abigaíl agonizó en un  risueño atardecer donde el cantar de los pajarracos era peculiarmente melodioso, minutos después de dar a luz a su única descendiente, Bernarda.
El llanto de la pequeña era tan afinado que los vecinos se emocionaban al oírla lloriquear.

Y así fue como la responsabilidad del cuidado de Bernarda acudió a la abuela Eloisa, que daría lo que fuera por desquitarse del despreciable engendro que había procreado la descuidada Abigaíl.
Eloisa y Bernarda Emilia subsistieron por mucho tiempo de la agricultura. Cuando la nieta cumplió  6 años empezó a ocuparse de las ventas de las flores que eran cultivadas durante algunas semanas por Eloisa y todas las mañanas partía al centro del pueblo con esa intensión. La abuela Eloisa nunca encaminó a Bernarda a la escuela pues lo consideraba una perdida de tiempo y dinero, lo cual era de gran interés para ambas.
Al año siguiente, la crisis había ascendido, por lo tanto Eloisa tomó en cuenta instruir a Bernarda en el oficio del cultivo para así intercambiar ocupación y ella misma se encargara de vender las flores y capullos, a pesar de su avanzada edad.
Pasadas algunas semanas, Bernarda no se sentía muy a gusto con el cambio, sin embargo plantaba lo necesario. Después de terminar, exactamente cuando el sol resplandecía con más fuerza se dirigía a la parte más alejada y olvidada de la casa, donde el aire era delicioso y suave, y donde pasaba horas observando el piano del difunto abuelo y otras pintando hermosos cuadros apoyados en el caballete también del fallecido. Bernarda, todas las tardes tenía la misma rutina, tanto así que a los pocos meses logró tocar el piano virtuosamente, sin la ayuda de un maestro. Pero la emoción acaba aproximadamente cuando se alejaba el sol, pues, escuchaba a Eloisa arribar y salía rápidamente de la escondida alcoba e intentaba hacer café para ofrecerle a la agotada abuela. Eloisa se cansaba de decir que los artistas no servían para nada, que no ofrecían nada a la sociedad y eran vagabundos, cuando Bernarda le hacía preguntas sobre el abuelo.
La obstinada y terca Eloisa observó que Bernarda ya no estaba realizando lo que le pedía, una tarde llegó más pronto de lo usual, la vigiló mientras tocaba y pintaba, consideró que tenía mucho potencial y decidió asegurarse de que no entrara más, enviándola de vuelta a trabajar al pueblo.

Cuando Bernarda Emilia se transformó en una mujer a Abigaíl le tocó fallecer, suceso que no le afecto en absoluto, al contrario sentía un gran alivio, pues estimaba que ya era tiempo de dedicarse a lo suyo. Así logró recuperar el tiempo perdido en el piano y a su vez en la pintura. Todo el día  pintaba y tocaba y así fue como  no se alejó más del aposento.
Con los años ningún habitante de la aldea supo más de ella, muchos dicen que todavía se puede escuchar y percibir  el consonaste  piano al fondo de la casa, pero pocos osan e intentan entrar.






domingo, 22 de diciembre de 2013

Cuando el tiempo no es idóneo.

Al parecer esa noche el recuerdo fue tan profundo como una dulce herida penetrante, de esas que lastiman y alivian. Las estrellas al igual que yo tampoco podían encontrar el sueño, pues me miraban con grandes ojos suplicantes. De modo que convertí miradas en un largo dialogo. 

El efecto de esa larga oscuridad estaba reflejado en periodos que un día no empleé y mucho menos exploté.  Ahora el lamento forma parte de todo. Y así se transforma en  inconcebible el anhelo tan poderoso y vigoroso por un pasado que jamás renacerá. Las imagenes del ayer emergieron de un lugar tan distante, tenían una intensión de complementar el  clamor con llanto.

Mi debilidad fue el intérprete más importante  de la obra. Con segundarios      como el arrepentimiento, que jamás se alejan de mi.
Temo que eternamente lo que una vez dejé y deposité a espalda renazca para perjudicarme.

Extensas horas pasaron, tanto esas estrellas oyentes y yo alcanzamos el coma más abismal que se conoce.







sábado, 14 de diciembre de 2013

Alcanzando el edén.

Se hallaba totalmente dichosa hacía un nuevo día. Desde lejos se podía contemplar el resplandor de su pupila, que hacía tiempo se notaba opaca y oscura. Sus llamativos y largos cabellos cobrizos penetraban en la mirada de cualquier observador. Sus pasos transmitían serenidad y aplomo, era tanto así que al caminar se podían oír los violines de una orquesta interpretando la sínfonia n.• 5 del gran Tchaikovsky. Hace una década no se le veía irradiar a esa mujer como en aquel alba.
Aquella mañana soleada ella viajaba sin rumbo alguno,  yo la seguía pues me extrañaba su entusiasmo repentino. Al parecer estaba destinada a la montaña que llamaban "paraíso" nombre que surgió debido a la altura de esa cordillera. La dama se detenía solo a comer y beber agua, el resto era travesía, que al parecer no tenía fin. Y así fue como pasaron muchas horas, hasta que la doncella llegó al pico de la montaña. Yo, todavía con mucha curiosidad sobre el asunto, subí también.
Allí  estaba, aquella rara señorita, era extraño, estiraba su mano derecha mientras que su dedo índice lo elevaba con mucho entusiasmo hacia aquel resplandeciente cielo. Luego, con ambas manos parecía tocar algo con sus largos dedos, como si intentara palparlo o manosearlo. En su rostro se podía ver la felicidad que éste acto le producía.
Hasta hoy no conozco con certeza lo que ella intentaba tantear.


martes, 10 de diciembre de 2013

De Isabelle.

Cuando marzo se convirtió en abril la angustia dominó. Las tinieblas manifestaron el aquel imprescindible momento todo un viaje nostálgico por senderos de recuerdos casi indestructibles. Y así podía contremplar la falsedad de aquel raudal sin travesía que se proponía engañar mis pensamientos, a lo que yo solo pude ofrecer nada más que insignificancia. Su prepoderancia fué más fuerte que mi osadia. Nunca fuí capaz de hallar su orilla frágil. Por lo tanto solo me dediqué a tolerar su leve pero palpitante proceder y permanecer sosegada a la espera de aguas serenas.