En el fragor de su modesta morada, Abigaíl agonizó en un risueño atardecer donde el cantar de los pajarracos era peculiarmente melodioso, minutos después de dar a luz a su única descendiente, Bernarda.
El llanto de la pequeña era tan afinado que los vecinos se emocionaban al oírla lloriquear.
Y así fue como la responsabilidad del cuidado de Bernarda acudió a la abuela Eloisa, que daría lo que fuera por desquitarse del despreciable engendro que había procreado la descuidada Abigaíl.
Eloisa y Bernarda Emilia subsistieron por mucho tiempo de la agricultura. Cuando la nieta cumplió 6 años empezó a ocuparse de las ventas de las flores que eran cultivadas durante algunas semanas por Eloisa y todas las mañanas partía al centro del pueblo con esa intensión. La abuela Eloisa nunca encaminó a Bernarda a la escuela pues lo consideraba una perdida de tiempo y dinero, lo cual era de gran interés para ambas.
Al año siguiente, la crisis había ascendido, por lo tanto Eloisa tomó en cuenta instruir a Bernarda en el oficio del cultivo para así intercambiar ocupación y ella misma se encargara de vender las flores y capullos, a pesar de su avanzada edad.
Pasadas algunas semanas, Bernarda no se sentía muy a gusto con el cambio, sin embargo plantaba lo necesario. Después de terminar, exactamente cuando el sol resplandecía con más fuerza se dirigía a la parte más alejada y olvidada de la casa, donde el aire era delicioso y suave, y donde pasaba horas observando el piano del difunto abuelo y otras pintando hermosos cuadros apoyados en el caballete también del fallecido. Bernarda, todas las tardes tenía la misma rutina, tanto así que a los pocos meses logró tocar el piano virtuosamente, sin la ayuda de un maestro. Pero la emoción acaba aproximadamente cuando se alejaba el sol, pues, escuchaba a Eloisa arribar y salía rápidamente de la escondida alcoba e intentaba hacer café para ofrecerle a la agotada abuela. Eloisa se cansaba de decir que los artistas no servían para nada, que no ofrecían nada a la sociedad y eran vagabundos, cuando Bernarda le hacía preguntas sobre el abuelo.
La obstinada y terca Eloisa observó que Bernarda ya no estaba realizando lo que le pedía, una tarde llegó más pronto de lo usual, la vigiló mientras tocaba y pintaba, consideró que tenía mucho potencial y decidió asegurarse de que no entrara más, enviándola de vuelta a trabajar al pueblo.
Cuando Bernarda Emilia se transformó en una mujer a Abigaíl le tocó fallecer, suceso que no le afecto en absoluto, al contrario sentía un gran alivio, pues estimaba que ya era tiempo de dedicarse a lo suyo. Así logró recuperar el tiempo perdido en el piano y a su vez en la pintura. Todo el día pintaba y tocaba y así fue como no se alejó más del aposento.
Con los años ningún habitante de la aldea supo más de ella, muchos dicen que todavía se puede escuchar y percibir el consonaste piano al fondo de la casa, pero pocos osan e intentan entrar.
El llanto de la pequeña era tan afinado que los vecinos se emocionaban al oírla lloriquear.
Y así fue como la responsabilidad del cuidado de Bernarda acudió a la abuela Eloisa, que daría lo que fuera por desquitarse del despreciable engendro que había procreado la descuidada Abigaíl.
Eloisa y Bernarda Emilia subsistieron por mucho tiempo de la agricultura. Cuando la nieta cumplió 6 años empezó a ocuparse de las ventas de las flores que eran cultivadas durante algunas semanas por Eloisa y todas las mañanas partía al centro del pueblo con esa intensión. La abuela Eloisa nunca encaminó a Bernarda a la escuela pues lo consideraba una perdida de tiempo y dinero, lo cual era de gran interés para ambas.
Al año siguiente, la crisis había ascendido, por lo tanto Eloisa tomó en cuenta instruir a Bernarda en el oficio del cultivo para así intercambiar ocupación y ella misma se encargara de vender las flores y capullos, a pesar de su avanzada edad.
Pasadas algunas semanas, Bernarda no se sentía muy a gusto con el cambio, sin embargo plantaba lo necesario. Después de terminar, exactamente cuando el sol resplandecía con más fuerza se dirigía a la parte más alejada y olvidada de la casa, donde el aire era delicioso y suave, y donde pasaba horas observando el piano del difunto abuelo y otras pintando hermosos cuadros apoyados en el caballete también del fallecido. Bernarda, todas las tardes tenía la misma rutina, tanto así que a los pocos meses logró tocar el piano virtuosamente, sin la ayuda de un maestro. Pero la emoción acaba aproximadamente cuando se alejaba el sol, pues, escuchaba a Eloisa arribar y salía rápidamente de la escondida alcoba e intentaba hacer café para ofrecerle a la agotada abuela. Eloisa se cansaba de decir que los artistas no servían para nada, que no ofrecían nada a la sociedad y eran vagabundos, cuando Bernarda le hacía preguntas sobre el abuelo.
La obstinada y terca Eloisa observó que Bernarda ya no estaba realizando lo que le pedía, una tarde llegó más pronto de lo usual, la vigiló mientras tocaba y pintaba, consideró que tenía mucho potencial y decidió asegurarse de que no entrara más, enviándola de vuelta a trabajar al pueblo.
Cuando Bernarda Emilia se transformó en una mujer a Abigaíl le tocó fallecer, suceso que no le afecto en absoluto, al contrario sentía un gran alivio, pues estimaba que ya era tiempo de dedicarse a lo suyo. Así logró recuperar el tiempo perdido en el piano y a su vez en la pintura. Todo el día pintaba y tocaba y así fue como no se alejó más del aposento.
Con los años ningún habitante de la aldea supo más de ella, muchos dicen que todavía se puede escuchar y percibir el consonaste piano al fondo de la casa, pero pocos osan e intentan entrar.
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