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viernes, 2 de mayo de 2014

Los músicos nunca mueren.


Un jueves bastante lejano me dirigí a vagar por las oscuras sombras de aquel anochecer pálido. Después de deambular largas horas me sentía un tanto agotada y cansada, con ganas de solo soñar sin detenerme, fue así como me instalé en uno de los tantos escaños establecidos en la triste placita abandonada habitada por arboles risueños y murciélagos desafiantes que quedaba a pocos metros del centro del pueblo. Al sentarme en uno de esos bancos perdí por completo la noción de lo que muchos denominan “tiempo".
Todo estaba en completa calma, pues era la única en aquel lugar, exceptuando especies que allí vivían. Era tanta la tranquilidad que mis ojos se iban cerrando con mucha suavidad, me estaba dormitando en aquel lugar. En ese momento empecé a escuchar el sonido de los grillos con tanta fuerza que me hacían meditar por alguna razón. Estaba ensimismada por aquel ruido.
Súbitamente apareció de la nada un hombre de larga barba gris y ojos penetrantes con cejas gruesas y espesas. Vestía de forma bastante pulcra, sin embargo sus pies los tenía al descubierto. Pude notar  que llevaba consigo una flauta. Salté del susto y nos miramos fijamente durante unos segundos, hasta que el hombre se instaló a mi lado sin formular una palabra. Luego de pasados unos minutos decidí romper aquel silencio espantoso y por solo decir algo le pregunté:
-¿Quién es usted?
El hombre me miró de reojo y con atención respondió:
-Soy un músico, un artista mas.
No sabía que añadir a eso y ya empezaba a sentirme incomoda. 
De improvisto el hombre movió sus gruesos labios sin emitir ningún sonido, como queriendo decirme algo. Luego añadió: 
-¿Sabes algo? La música es una carretera infinita de cosas inexplicables. La música transmite lo que quieras que transmita, es verdad. 
Te digo yo que la música es un amor no comprendido, que te aleja del mundo para luego retornar. Es libertad y es alma pura. 
Es por la música que viajo estando en un solo lugar. Cuándo toco, vuelo y conozco tierras inimaginables. Que te puedo decir, joven. Su vida, debe ser muy inapetente porque en sus ojos veo la ausencia de esa maravilla.
Aquí donde me ves, he nacido unas cuantas veces y eso se lo debo a la música.

Sin agregar nada más, el viejo tomó su flauta y empezó a tocar.
Yo, me quedé escuchando y observándolo, pero cuando razoné estaba volando en una nube.

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